Ser nunca fue un proyecto.
Fue un regreso a mi origen
El origen
Durante mucho tiempo pensé que estaba creando algo nuevo.
Con el tiempo comprendí que solo estaba poniendo nombre a una forma de sentir que llevaba conmigo desde siempre.
SER no nació el día que abrí un espacio.
Nació mucho antes.
En mi infancia, entre la naturaleza, el silencio y las mujeres que me enseñaron que cuidar no siempre necesita palabras.
Hubo un día en el que abrí antiguos cuadernos.
Entre sus páginas encontré flores secas, pensamientos escritos muchos años atrás y la misma forma de entender el cuidado que hoy da vida a SER.
Entonces comprendí que no estaba inventando mi camino.
Simplemente estaba regresando a él.
La mirada
Antes de aprender anatomía, aprendí a observar.
La naturaleza me enseñó que todo tiene un ritmo.
Que aquello que parece inmóvil también está sucediendo.
Que cada estación tiene un propósito y que nada florece antes de tiempo.
Años después descubrí que el cuerpo habla exactamente igual. Solo necesita que alguien aprenda a escucharlo.
Ellas.
Nunca he sentido que este camino me pertenezca solo a mí.
Mi abuela, mi madre y todas las mujeres que estuvieron antes me enseñaron que cuidar es una forma de estar presente.
Aprendí de sus manos, de su manera de mirar, de los silencios compartidos y de los pequeños gestos que sostienen una vida.
SER también les pertenece.
Porque ellas sembraron mucho antes aquello que hoy tengo el privilegio de continuar.
Lo que el cuerpo me enseñó
Durante años estudié anatomía, tejido, fascia, sistema linfático y osteopatía. Cada formación me ayudó a comprender mejor el cuerpo.
Creía que mi trabajo consistía en tratar aquello que las personas veían frente al espejo.
Con el tiempo entendí que el cuerpo siempre estaba hablando de algo mucho más profundo.
Pero fue observando a las personas cuando entendí lo más importante.
LO QUE VEMOS EN LA SUPERFICIE MUCHAS VECES NO TIENE SU ORIGEN AHÍ.
Desde entonces dejé de buscar respuestas únicamente en el síntoma. Empecé a observar el tejido, la fascia, la circulación, el sistema linfático y todo aquello que el cuerpo intentaba compensar para seguir en equilibrio.
Hoy sigo trabajando desde esa misma mirada. Porque antes de acompañar un proceso, necesito comprender qué me está contando ese cuerpo.
Por eso nunca trabajo igual.
No hay dos cuerpos iguales.
No hay un tratamiento que sirva para todo el mundo.
Cada persona llega con una historia distinta, un cuerpo diferente y un momento vital que también influye en cómo ese cuerpo responde.
Por eso, antes de empezar, necesito observar.
Ver cómo está el tejido, cómo se mueve, qué está compensando y qué necesita recuperar.
A partir de ahí construyo cada sesión de forma personalizada, combinando distintas herramientas según lo que ese cuerpo necesita en ese momento.
Porque para mí, acompañar no es aplicar un protocolo.
Es aprender a escuchar antes de intervenir.